Introducción
Pese a lo que digan los “cuñaos”, los charlatanes de la política y algunas otras especies reticentes a todo eso llamado “política”, la política tiene una rama científica. Esta ciencia analiza cómo se toman las decisiones, más allá de los controvertidos casos de corrupción de la actualidad.
En este artículo, veremos unos de los modelos más importantes de la toma de decisiones que se hace en la política y cómo podemos aplicar esto en la bolsa.
Según algunos de los grandes autores de la ciencia política, las decisiones se toman de una determinada forma que varía según el modelo y según los principios que asuman.
El modelo racional
Uno de los primeros modelos es el modelo racional. El modelo racional plantea un proceso considerado ideal en el que el decisor político define claramente cuál es el problema público y los objetivos.
Es capaz de identificar todas las alternativas posibles, analizar sus consecuencias y, luego de valorar los resultados, realizar una elección racional orientada a la optimización de sus objetivos.
Esto significa que sus decisiones se toman minimizando los costes y maximizando los beneficios —por ejemplo, si el gobierno tiene que aumentar los impuestos, minimiza el coste de perder prestigio y maximiza la recaudación de los contribuyentes a las arcas públicas—.
Lo principal que se le achaca a este modelo es lo poco realista que es, ya que supone que el decisor tiene toda la información y capacidad de cálculo, cosa que apenas se da en el mundo real. El modelo es considerado por muchos como un error, ya que la capacidad de intervención es limitada, aún sin considerar que no se cuenta con toda la información.
El modelo racional limitado
Este modelo nace de la mano de Herbert Simon. Este enfoque entiende que el decisor intenta ser racional, pero se enfrenta a obstáculos tales como restricciones cognitivas, de tiempo y de información.
Tener más información mejora la calidad de las decisiones, sin embargo, la perfección en las decisiones no es alcanzable. El criterio de decisión no es tan exigente y busca, simplemente, una decisión que sea satisfactoria. Es decir, esta decisión debe conseguir una meta sensata y plausible, aun sin ser perfecta.
El modelo incremental
El modelo incremental es bastante próximo a la realidad en la política. Charles Lindblom es el artífice de este modelo, denominó a las bases del modelo —llamadas incrementalismo— también como muddling-through.
El incrementalismo parte de la idea de que hay un conocimiento muy bajo de las relaciones entre variables —lo que sucede, los datos y un largo etcétera— y que la capacidad de intervención es limitada. Las decisiones, por tanto, se toman por prueba y error y se dan fruto de la negociación entre actores distintos. Las políticas públicas avanzan por cambios pequeños y progresivos y no tanto por cambios estructurales importantes.

Charles E. Lindblom, autor norteamericano, propone en su obra The science of ‘Muddling Through’ que las decisiones se toman de una forma “improvisada” sin hacer cambios estructurales grandes dado a que en la política la decisión es fruto del poder e intereses de muchos al hacer políticas, que pueden ser poderes políticos, la sociedad o empresas.
A partir de esto, surgió el modelo incremental, el cual toma las decisiones siguiendo una dinámica más concreta.
La lógica que utiliza se basa en una serie de fases, que son, en primer lugar, una fase de elaboración de hipótesis seguida por, en segundo lugar, una intervención incremental que priorice la utilidad y la reversibilidad —hacer que este cambio se pueda “desmontar” si la decisión política es problemática.—. En tercer lugar, se comparan los resultados valorando otras alternativas y finalmente, se revisan las hipótesis que pueden dar a otro posible cambio incremental o revertir esta decisión.
El criterio fundamental sobre el que se decide es el consenso entre actores. Se busca este consenso sin hacer grandes reformas que puedan no interesarles y hacer que la política se frene.
El modelo del cubo de basura
Los autores March y Olsen abrieron paso a que, a la hora de hacer la política, las decisiones se toman de una manera caracterizada por una alta ambigüedad.
En este tipo de contexto no existen objetivos fijos porque están mal definidas y varían según el contexto. No hay tampoco métodos claros para resolver problemas —como lo puede ser una crisis o una guerra— y los que participan para decidir en la política lo hacen de una forma variable.
Las decisiones no son racionales, son algo así como un encuentro entre los problemas, soluciones y distintos actores, dependiendo mucho del momento exacto en el que se unen. Este modelo se trata de una especie de caos organizado en el que el tiempo es el factor determinante.
¿Cómo aplico todo esto en la bolsa?
Para aplicar todo esto en la bolsa, podemos hacerlo viendo qué decisiones tomamos con nuestro dinero.
Creemos muchas veces que somos racionales, pero, realmente no lo somos al comprar en una caída o vender ante el pánico o cuando compramos algo sin saber qué es. Al tomar decisiones como esas, no logramos esa optimización en las decisiones que trata ese modelo racional, aunque sí tomamos decisiones con algo de racionalidad.
Debemos procurar tomar decisiones lo más racionales posibles para lo que queremos. Por ejemplo, si queremos decidir un objetivo para nuestro futuro, lo decidimos de tal forma que intentemos aprovechar las oportunidades que surjan y que, en el caso de la bolsa, nos permitan crear patrimonio para el futuro que queremos.
Miramos también en qué podemos invertir y en qué no para lograr nuestros objetivos. No es lo mismo comprar criptomonedas para dentro de 10 años que comprar criptomonedas para un viaje que haremos dentro de unos 3 meses. Una nos puede llevar por una buena dirección y otra ponernos en un aprieto serio.
Además, los mercados son una especie de “caos organizado”, ya que los mercados tienen una dirección algo vaga —la rentabilidad por encima de todo—, que, según decisiones políticas y el contexto económico fluctúan, como si de ese cubo de basura se tratara. No sabemos qué va a pasar, pero sí podemos hacernos una idea de algunos eventos, además de que la participación en los mercados por empresas, personas, inversores y regulaciones políticas es bastante caótica y desorganizada.

La bolsa de Nueva York en los años 50 es, si vemos la imagen, un claro ejemplo del modelo de cubo de basura, pues es caótica la cantidad de personas que hay en ella. Hoy en día, hay ordenadores y personas trabajando en ellos con muchas menos personas.
Fuente: https://www.geographicguide.com/united-states/nyc/antique/wall-street/nyse/stock-exchange.htm
Por eso, para invertir debemos tomar decisiones que se acerquen a ese marco que trató Simon con esa racionalidad “satisfactoria”. Pues nosotros ni nadie —o casi nadie— es capaz de saber qué sucederá en el mercado, qué pasará en el mundo o qué decisiones tomarán los políticos. Por lo tanto, nuestras decisiones deben de ir dirigidas de forma sensata para gestionar nuestro dinero para cumplir esa “satisfacción financiera”.
Esa satisfacción financiera es lo que comúnmente se llama la libertad financiera, que nos permite vivir un poco más cerca de nuestras reglas, sin preocuparnos por llegar a fin de mes, de poder dejar el trabajo cuando estemos hartos de un mal entorno o de un jefe que no nos trata con dignidad, o simplemente para vivir con más calma nuestros últimos días.
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Campus y Bolsa es una comunidad en la que, para tomar mejores decisiones financieras, las miramos de forma crítica, lejos del asedio de gurús y sus “lambos”, que nos persiguen por los confines de TikTok e Instagram con sus promesas vacías y humo —nunca mejor dicho—.
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